En la novela “Momo” de Michael Ende, el barbero Fusi lleva una vida tranquila en su pequeña tienda.
Un día, uno de los agentes del “Banco de Ahorro del Tiempo” que se acerca a él le hace un cálculo detallado para demostrarle cuánto está desperdiciando su vida.
Anota en papel exactamente cuántos segundos ha perdido atendiendo a su anciana madre, charlando de cosas triviales con sus clientes, dedicando tiempo a la mujer que ama y alimentando a su pájaro. Fusi, con los ojos abiertos y deseoso de ganar tiempo, deja de conversar, envía a su madre a una residencia y se deshace de su pájaro.
Sin embargo, a medida que empieza a calcular incluso los segundos y a despachar cada tarea con rapidez, se transforma en alguien mucho más ansioso, irritable e impaciente; además, siente que durante el día no le queda ni un momento para sí mismo.
Cuando el ser humano intenta convertir cada instante de su vida en una actividad útil, comienza a pasar por alto la vida misma sin darse cuenta. Los detalles “improductivos” que no sirven a un propósito directo, pero que son hermosos simplemente porque estamos allí en ese momento, son en realidad la vida en sí.
Acelerar todo y perseguir una productividad constante no le otorga a la persona más tiempo, solo transforma los días en tareas que se consumen rápidamente. Con la constante prisa por llegar a algún lado, al final de una existencia vivida sin estar plenamente presente en ningún instante, lo que queda no son experiencias vividas, sino solo una lista de pendientes completada.
Lo que realmente empobrece al ser humano no es la escasez de su tiempo, sino considerar como pérdida de tiempo esas pequeñas pausas que hacen la vida tolerable y arrojarlas a la basura.





