“Podría haber dicho: Envejecer es desolador, es insoportable, es doloroso, es horrible, es deprimente, es mortal.

Pero preferí «pesado» porque es un adjetivo vigoroso que no hace triste. Envejecer es pesado porque no se sabe cuándo empezó y se sabe aún menos cuándo acabará.

 No, no es cierto que envejecemos desde nuestro nacimiento. Hemos estado mucho tiempo tan frescos, tan jóvenes, tan apetecibles. Estábamos a gusto en nuestra piel. Nos sentíamos conquistadores. Invulnerables. La vida por delante. Incluso a los cincuenta años, todavía estaba muy bien… Incluso a los sesenta. Sí, sí, les aseguro, todavía estaba lleno de músculos, de proyectos, de deseos, de llama. Todavía lo estoy, pero ahí está, entre tanto he visto la mirada de los jóvenes… De hombres y mujeres en la fuerza de la edad que ya no me consideraban uno de los suyos, ni siquiera emparentado, ni siquiera al margen. He leído en sus ojos que nunca más tendrían indulgencia hacia mí. Que serían educados, deferentes, aduladores, pero implacables. Sin darme cuenta, había entrado en el apartheid de la edad.

Lo más terrible vino de las dedicatorias de los escritores, sobre todo de los principiantes. «Con respeto», «En homenaje respetuoso», «Con mis sentimientos muy respetuosos». ¡Los muy canallas!

Un día, en el metro, fue la primera vez, una chica se levantó para darme su asiento… Casi la abofeteo. Luego, pidiéndole que se sentara de nuevo, le pregunté si realmente parecía viejo, si le había parecido cansado. !!!… ? — «No, no, para nada —respondió ella, avergonzada—. Pensé que». — Yo de inmediato: «¿Pensaste qué? — «Pensaba, no sé, ya no sé, que te haría ilusión sentarte». — «¿Porque tengo el pelo blanco»? — «No, no es eso, te vi de pie y como eres mayor que yo, fue un reflejo, me levanté». — «¿Parezco mucho… mucho mayor que tú»? — «No, sí, bueno un poco, pero no es una cuestión de edad». — «¿Entonces una cuestión de qué?» — «No sé, una cuestión de cortesía, creo».» Dejé de molestarla, le agradecí su gesto generoso y la acompañé a la estación donde bajaba para invitarla a una copa.

Luchar contra el envejecimiento es, en la medida de lo posible, no renunciar a nada. Ni al trabajo, ni a los viajes, ni a los espectáculos, ni a los libros, ni a la gula, ni al amor, ni al sueño. Soñar es recordar, ya que estamos, las horas exquisitas.

Es pensar en las bonitas citas que nos esperan. Es dejar que el espíritu divague entre el deseo y la utopía.

La música es un potente estimulante del sueño. La música es una droga suave. Me gustaría morir, soñador, en un sillón escuchando ya sea el adagio del Concierto n.º 23 en la bemol mayor de Mozart, ya sea, del mismo, el andante de su Concierto n.º 21 en do mayor, músicas al final de las cuales se revelarán a mis ojos no siquiera sorprendidos los paisajes sublimes del más allá. Pero Mozart y yo no tenemos prisa. Vamos a tomarnos nuestro tiempo. Con la edad, el tiempo pasa, ya sea demasiado rápido, ya sea demasiado lento.

Ignoramos cuánto nos queda de capital. ¿En años? ¿En meses? ¿En días? No, no hay que considerar el tiempo que nos queda como un capital. Sino como un usufructo del que, mientras seamos capaces, hay que disfrutar sin moderación.

¿Después de nosotros, el diluvio?… No, Mozart. Mira, esto está bien escrito, pero es el sino de todos, ¡envejecemos!… Bien o mal, pero el peso de los años impone su yugo al día a día.” 

Texto de Bernard Pivot

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