Crecimos con zapatos cubiertos de polvo, rodillas despellejadas y un corazón acelerado.
No para mirar una pantalla, sino para terminar la merienda y salir corriendo afuera —donde lo único importante era un balón y unos pocos amigos.
Éramos los que volvíamos del colegio a pie.
Hablando fuerte o soñando en silencio, la mente ya puesta en el próximo juego, la próxima aventura, entre un agujero cavado en la arena y un secreto susurrado detrás de una esquina de muro.
Un palo podía convertirse en una espada.
Un charco se transformaba en un océano por conquistar.
Nuestros tesoros eran bolitas, cromos para coleccionar, pequeños barcos de papel.
Y el cielo, nuestro único límite.
No teníamos copias de seguridad, solo recuerdos en la memoria y en los carretes fotográficos. Las fotos se tocaban, se respiraban, se guardaban en cajones — junto a cartas escritas a mano, postales de los abuelos, y dibujos coloreados que los padres conservaban como joyas. Llamábamos «mamá» a la que curaba nuestras fiebres.
Y «papá» al que nos enseñaba a montar en bicicleta.
No hacía falta más.
De noche, bajo las sábanas, hablábamos en voz baja con el hermano en la cama de al lado, riendo por tonterías, temerosos de que un adulto oyera y apagara ese pequeño mundo de complicidad.
Esta generación se va, poco a poco, como una fotografía que pierde sus colores, pero que nadie quiere tirar.
Nos alejamos en silencio, llevando una maleta invisible: el eco de las risas en la calle, el olor del pan aún caliente, carreras insensatas, y esa libertad que no conocía las notificaciones.
Éramos niños cuando todavía era posible serlo.
Y tal vez ahí radica nuestra mayor fortuna.





