Las ciudades y las pantallas bombardean con estímulos caóticos que exigen un esfuerzo perceptivo constante. La naturaleza, en cambio, se organiza en patrones fractales que el cerebro procesa de manera eficiente y con menos esfuerzo.
Carolina Correa
Niños y niñas pasan aproximadamente cuatro horas al día conectados a dispositivos electrónicos después del colegio. Al año, esto se traduce en 1.460 horas o 60 días en plataformas digitales. De acuerdo con los resultados de un estudio de Qustodio en Estados Unidos, España y Reino Unido, un sexto de la infancia se vive detrás de una pantalla. Otro dato preocupante lo aporta la Octava Radiografía Digital 2025, que revela que el 55% de los menores usó por primera vez un celular, tablet o computador antes de los siete años, es decir, antes de entrar a segundo básico, una etapa en la que deberían estar desarrollando habilidades sociales, motoras y lingüísticas. Pero lo digital llegó primero.
Estas cifras reflejan una infancia que se está criando cada vez más bajo techo, en espacios cerrados, frente a estímulos artificiales y acelerados. Y mientras eso ocurre, se están perdiendo horas vitales de interacción con los árboles, el viento y la tierra, dejando de lado innumerables beneficios que la naturaleza ofrece para el bienestar general y la transformación del cerebro.
Una investigación con importante participación chilena, publicada en enero de 2026 en la revista Neuroscience & Biobehavioral Reviews, lo confirma con precisión. Los investigadores describieron una “cascada de efectos” que se desencadena de forma secuencial al exponernos a entornos naturales. Se habla de cuatro cambios positivos, en los que cada uno abre la puerta al siguiente.
Primero, el cerebro procesa más fácilmente lo que ve. Las ciudades y las pantallas bombardean con estímulos caóticos que exigen un esfuerzo perceptivo constante. La naturaleza, en cambio, se organiza en patrones fractales (las ramas de un árbol, las olas del mar, la forma de las nubes) que el cerebro procesa de manera mucho más eficiente y con menos esfuerzo. En otras palabras, trabaja menos y descansa más.
Segundo, baja el estrés. Con la carga sensorial reducida, el sistema de alarma del cuerpo se calma, el corazón late más despacio, la amígdala cerebral reduce su actividad y disminuyen los pensamientos negativos repetitivos.
En tercer lugar, se recupera la atención. Con menor estrés, el tipo de atención que usamos a diario, esa que empleamos para concentrarnos en una tarea, tomar decisiones o ignorar distracciones, cede el paso a un modo más restaurador. Es lo opuesto a la atención forzada que exigen las pantallas.
Finalmente, el cuarto efecto deja al cerebro en estado de un loop perpetuo. Las redes neuronales asociadas al pensamiento autorreferencial (ese circuito que activa la mente cuando divagamos, nos juzgamos o reproducimos mentalmente conversaciones del pasado) muestran menor actividad tras la exposición a la naturaleza, con un estado mental más tranquilo y menos disperso.
Estos efectos son relevantes para cualquier edad. Pero en la infancia, cuando el cerebro está en pleno desarrollo, su importancia es aún mayor. Un niño o niña que crece y se educa con acceso cotidiano a entornos naturales no solo tiene mayor tranquilidad general. Está construyendo, literalmente, una arquitectura cerebral más sana.
Y ahora…una pausa antes de seguir …
Cuándo fue la última vez que…
• ¿caminaste descalzo sobre el pasto?
• ¿trepaste a un árbol?
• ¿hiciste una cabaña?
• ¿viste una luciérnaga?
• ¿juntaste hojas?
• ¿miraste las estrellas?
Hoy es necesario avanzar hacia una forma de educar que integre de manera activa la naturaleza en los procesos de aprendizaje, poniendo mayor énfasis en experiencias al aire libre y en el entorno real. Es posible compatibilizar ambos mundos aprovechando las horas escolares para enseñar en espacios distintos a las salas de clase. Añadir el contacto con la naturaleza como parte del aprendizaje es una necesidad respaldada por la ciencia y también por la experiencia en terreno, donde hemos visto en la práctica que los niños y niñas que aprenden en exteriores lo hacen distinto, mejor y de manera más sana. Si sabemos que la naturaleza calma, enfoca y desarrolla mejor el cerebro, seguir relegándola es una decisión errada. Recuperar ese vínculo con la tierra es urgente si queremos formar niños y niñas que se conviertan en adultos más equilibrados, atentos y felices.
Quizás la mejor herencia que podemos dejarles a nuestros hijos no sea una pantalla más grande, sino una infancia más grande.





