Por Pablo Malo
Según la neurocientífica Anne-Laure Le Cunff, leer libros no solo entretiene o educa la mente, sino que produce cambios fisiológicos reales que ayudan a regular el sistema nervioso, pasando del estado de estrés al estado de descanso y recuperación.
La lectura aprovecha circuitos cerebrales muy antiguos que nuestros ancestros usaban para interpretar el entorno natural, como huellas, nubes o sonidos. Aunque la lectura de textos escritos solo tiene unos 5.000 años, el cerebro reutiliza esas mismas redes neuronales para procesar palabras, lo que se conoce como la hipótesis del reciclaje neuronal (de Stanislas Dehaene).
Cuando leemos, especialmente ficción, el cerebro activa muchas de las mismas áreas que se usarían si estuviéramos viviendo las experiencias descritas. Esto genera una inmersión que ralentiza el ritmo cardíaco, profundiza y regulariza la respiración, reduce la tensión muscular y desplaza el sistema nervioso autónomo del modo “lucha o huida” al modo “descanso y digestión”. A diferencia de las redes sociales, que fragmentan la atención, la lectura requiere un foco sostenido, lo que la convierte en una actividad especialmente restauradora.
Además, leer ficción funciona como un ensayo a bajo riesgo de situaciones reales de la vida, ayudando a practicar empatía y respuestas emocionales. En un mundo hiperestimulado y lleno de distracciones, la lectura se convierte en una de las herramientas más accesibles y efectivas para calmar el cuerpo y la mente al mismo tiempo.
Para aprovechar mejor estos beneficios, es recomendable leer una mezcla de ficción y no ficción, elegir bien el momento (especialmente antes de dormir), crear rituales de lectura, adaptar el tipo de libro al estado emocional del momento y, sobre todo, seguir la propia curiosidad para lograr una inmersión completa.
En resumen, leer un buen libro no es solo un placer intelectual, sino que es una forma natural y poderosa de regular el sistema nervioso y recuperar el equilibrio en una época de constante sobre estimulación.





