Dr. Mario Sebastiani *
Quien diga que la maternidad es sencilla es deshonesto o está distraído.
Para la mayoría de las futuras madres, los pensamientos ambivalentes, los momentos de desazón y los temores ocupan tanto o más espacio interno que la felicidad. Sin embargo, el hecho de vivir en una sociedad pro natalista, obliga a las mujeres a callar: a aquellas que comparten estas sensaciones, se las tilda de exageradas, desagradecidas o deprimidas.
Podría decirse que cuando un niño llega a este mundo nacen dos nuevas personas: un hijo y una madre. Ninguno de los dos sabe cómo reaccionará ante la nueva situación y esto es válido no solo para las madres primerizas sino también para aquellas mujeres que ya tienen hijos.
Han quedado atrás las dudas sobre si se estaba embarazada o no, si se había logrado la debida planificación del embarazo, si era el momento adecuado para tenerlo o no tenerlo. Ha pasado ya la excitación de los primeros días hasta la confirmación en la primera ecografía con latidos fetales positivos, la difícil elección del obstetra o de la maternidad para el nacimiento del niño. También los primeros estudios para descartar problemas cromosómicos en el bebé o para conocer su sexo. Llegaron a su fin los temores frecuentes ante la posibilidad de un parto prematuro, la ruptura de la bolsa, de un parto vaginal o de una operación cesárea, así como la habitual pregunta ¿me daré cuenta cuando llegue el trabajo de parto?.
El niño ha nacido y es toda una realidad. ¿Y ahora?
¿Fin o principio?
Es aceptable pensar el nacimiento de un niño como fin o como principio, pero en realidad se trata de la continuación de un proceso que se inició con la llegada del embarazo, la aceptación del mismo y siguió con el nacimiento y la crianza de un niño. Es un continuo, sí, pero ya nada será igual. La fantasía de las mujeres es muy generosa cuando creen que una vez nacido el bebé, luego de un período relativamente breve, se recuperarán las rutinas diarias, el trabajo o la vida social tan solo con el agregado de un niño al que habrá que adaptar a la vida de uno. Mucho me temo que, por lo menos al principio, somos nosotros los que nos adaptamos a la nueva vida que nos impone la llegada de un hijo. Si volvemos a la pregunta, fin o principio, particularmente me inclino a pensar que ahora empieza lo más medular. El motivo del embarazo ha sido tener un hijo. Podríamos decir entonces que el embarazo es un puente entre un deseo y un nacimiento. Pero el niño ha llegado y ahora no hay vuelta atrás: solo queda seguir hacia adelante y bailar como mejor podamos.
Es comprensible que muchas mujeres tengan la ilusión de que con el fin del embarazo se termina el tedio propio de un largo camino en el que no se tuvo la posibilidad de conducir; luego, en cambio, se concreta la ansiada necesidad de comenzar una nueva etapa en la que podrán ser verdaderas actoras y conductoras. En estos términos efectivamente el parto significa un final. Pero al mismo tiempo se inicia una etapa -a mi juicio notablemente más dificultosa- donde las situaciones no suceden por inercia como durante el embarazo, una etapa en la que la madre es protagonista y en la que experimentará intensas modificaciones en lo físico y emocional, en su personalidad y su vida cotidiana. Digámoslo con todas las letras: los niños nos cambian y nos mostrarán lo peor y lo mejor de nosotros mismos. Todo aquello que imaginábamos ha quedado atrás y ahora deberemos enfrentarnos a estos cambios tanto externos como internos; los momentos placenteros serán muy fáciles de vivir, mientras que los cambios negativos o dificultosos que nos afectan en nuestro ser y en nuestra vida cotidiana nos sumergirán en terrenos inexplorados de dudas, cambios emocionales y modificaciones de nuestra personalidad.
A diferencia de otros momentos difíciles, el puerperio y la vida después del parto no nos permiten tomar distancia y reflexionar sino que nos sumergen en una nueva vida donde de manera vertiginosa habrá que adaptarse a los cambios, al cansancio, a los momentos de confusión, a los molestos pensamientos ambivalentes y muchas veces aun a la infelicidad. Esto no lo he teorizado ni simplemente estudiado sino que lo he vivido y escuchado con una frecuencia inusitada; la simple mención o la lectura de esta situación suele provocar la crítica y el espanto de una sociedad entera que ve en el nacimiento de un bebé una historia color de rosa. La sociedad, contenta; las mujeres, ¡desesperadas!
¿Por qué no estamos preparados?
En vez de ayudar a la nueva madre con elementos concretos, la sociedad en general y las mujeres en particular -abuela, madre o amigas-, tan solo se limitan a la celebración de la maternidad.
El pro natalismo de nuestra sociedad hace del nacimiento un festejo, pero no ofrece los elementos para que esta sea una etapa de crecimiento. Lamentablemente, el crecimiento siempre viene de la mano de dificultades, problemas y dolores.
Una gestación es un proceso que encierra una incógnita y como tal implica dudas, sufrimientos, dolores; en definitiva, es otra crisis más. Por un lado, es habitual que las mujeres asistan a clases o cursos de preparación psicológica y física para el parto; sin embargo, la mayor parte de la temática que abarcan estas reuniones se centra en los aspectos vinculados con el embarazo y fundamentalmente con el momento del parto. A mi juicio, es necesario ponderar o armonizar de manera adecuada los aspectos relacionados con el embarazo, con el cuerpo, con el parto y con el puerperio. La gran carga de ansiedad que experimenta la mujer y su pareja en esta etapa nos lleva a jerarquizar aquello que viven durante el embarazo y el momento y la forma del nacimiento.
En cambio, convencido de las dificultades del período puerperal, es necesario jerarquizar la información sobre la etapa posterior al nacimiento del bebé, en la que la mujer se siente sola, no asiste a cursos informativos, no tiene tan cerca a su médico o a la partera, y en la que todo se desarrolla en un clima signado por el vértigo o por la tediosa y cotidiana rutina de pis-caca-pañal-teta/mamadera-provechito-cólicos.
Las fantasías y la realidad
Es frecuente escuchar que una cosa eran las fantasías sobre el futuro nacimiento del niño y otra muy distinta las situaciones reales vividas en el puerperio. Rápidamente quedarán atrás las imágenes televisivas o publicitarias donde una madre abraza a su hijo en paz, donde papá, mamá y bebé sonríen felices ante el flash de una cámara fotográfica, donde la leche fluye sin dificultades por los pechos alimentando al niño, y donde madre y bebé, en una sinergia perfecta, duermen pacíficamente recuperando energías perdidas. Estas imágenes -bellísimas por cierto- obedecen al necesario marketing que pretende vendernos ciertos productos y contrastan agresivamente con el caos propio de un nuevo niño en la casa.
¿Es tan dramático?
No es tan dramático, pero ciertamente se habrá ingresado en una nueva etapa de la vida en la que habrá que recordar dos aspectos que no son fáciles de armonizar. El primero y más sencillo de aceptar es que tener un hijo es algo importante -para algunos lo mejor- que nos ha pasado en la vida. El segundo es que no ha nacido una sola persona sino dos: han nacido un niño y una madre que no sabe bien cómo será su vida. También ha nacido una familia cuyo destino además y siempre será incierto.
Es bueno que se acepten con humildad estas situaciones y se busque en la información la fuerza necesaria para llevar adelante esta nueva y fructífera etapa. El éxito dependerá de la armonización entre las necesidades de la mujer como tal y sus necesidades como madre. Las necesidades de su hijo, por lo menos en esta primera infancia, serán medidas. Evite embarullarse con las obligaciones que erróneamente le imponen la sociedad en general.
Por lo tanto…
Prepárese para aceptar que:
Los mitos no se condicen con la realidad.
La realidad muchas veces supera todo lo que le han contado.
La realidad es como es y no como deseamos que sea.
No hay un solo nacimiento sino dos: el del bebé y el de la mamá.
Papá, mamá y bebé constituyen una familia.
Ser familia no implica dejar de ser pareja.
Es normal tener pensamientos ambivalentes.
Es probable que en este proceso se pierda el sentido del humor y es hora de intentar recuperarlo.





