Cuando la mantequilla fue demonizada, Unilever vendió margarina.
Cuando la grasa de sebo fue demonizada, Procter and Gamble vendió Crisco.
Cuando los huevos fueron demonizados, Kellogg’s vendió cereales.
Cuando la carne roja fue demonizada, Cargill vendió soja.
Cuando la leche cruda fue demonizada, Nestlé vendió fórmula infantil.
Cuando el cuero fue demonizado, BASF vendió PVC.
Cuando la lana fue demonizada, ExxonMobil vendió materia prima para poliéster.
Cuando la grasa animal fue demonizada, la industria del aceite de semillas creció de un producto de nicho al ingrediente alimentario más consumido en la Tierra.
Cada demonización de un producto animal enriqueció a un grupo específico de accionistas.
Cada uno de esos productos había sido consumido por humanos durante miles de años sin incidentes.
La ciencia cambió en el momento en que existió un sustituto para vender.
Sigue el dinero.
El consejo empezará a tener mucho más sentido.





