En busca de amplitud de miras

Procura que tus intereses sean lo más amplios posible”

Laura Rodrigañez

Puede que la obsesión actual con la felicidad esté relacionada con una mala inversión emocional, ya que, si ponemos todo el valor de nuestro bienestar en una única esfera vital (trabajo, pareja, éxito…), corremos el riesgo de caer si cualquiera de esos pilares se tambalea.

La felicidad es como una inversión financiera: necesita diversificación

La felicidad, ya lo sabes, no depende exclusivamente de tu situación financiera. Aunque ayuda —y mucho— tener una economía saneada. Es así. Por eso leyendo a la asesora financiera Andrea Redondo en una entrevista para TELVA, donde habla de la importancia de invertir y tener una cartera diversificada, he hecho rápidamente una analogía con la felicidad: no puede ser que nuestra felicidad dependa de un único factor. No puede sostenerse sobre un solo valor. Hay que invertir en varios frentes. Y entre términos financieros me ha llegado la frase de Bertrand Russell (1872-1970): “El secreto de la felicidad es este: procura que tus intereses sean lo más amplios posible”. Lógico.

En busca de amplitud de miras

La recomendación de Bertrand Russell sale de una de sus obras más conocidas: La conquista de la felicidad, publicada en 1930. Entonces, el mundo había pasado por una guerra devastadora y entraba en una crisis económica global; la vida era más limitada en oportunidades educativas, movilidad y acceso al conocimiento que hoy, pero aun así su mensaje sigue siendo aplicable. Actualmente, es muy fácil aprender, viajar, acceder a culturas distintas o explorar intereses diversos. Pero, paradójicamente, aun disponiendo de más variedad objetiva, a menudo habitamos burbujas ideológicas y culturales más estrechas. Hay más estímulos, pero menos profundidad. Si, tenemos más información, pero no siempre más curiosidad. Seguimos teniendo el problema del reduccionismo, solo que ahora esa restricción no es tanto ajena, sino propia. Somos nosotros mismos, en muchas ocasiones, quienes reducimos voluntariamente nuestro mundo al algoritmo, al rendimiento y al espejo del yo. Es por eso que la amplitud de miras sigue siendo tan urgente como hace un siglo, cuando lo señalaba el filósofo y matemático británico.

Con intereses amplios y diversos seremos felices y plenos, decía Bertrand Russell. El filósofo observaba que muchas personas depositan todo su bienestar en una única apuesta: el éxito profesional, la pareja, el reconocimiento social… Lo mismo da; la cuestión es que si ese único pilar se tambalea, todo el edificio emocional se derrumba. Lo mismo que ocurre cuando invertimos todos nuestros recursos en una sola acción de alto riesgo. “La felicidad no es, salvo raras excepciones, algo que cae del cielo; debe ser conquistada”, advertía Russell. Y esa conquista no tiene nada que ver con acumular logros, sino con ensanchar el campo de lo que nos interesa. Leer más. Conversar más. Amar más. Saber más. Mirar hacia fuera.

El gran enemigo no es la pobreza material, sino la falta de riqueza intelectual que muchas veces acontece cuando el yo se antepone al resto. El individuo excesivamente preocupado por sí mismo —por su prestigio, por sus fracasos, por sus miedos— termina viviendo en una habitación sin ventanas, a ciegas. “El hombre feliz es aquel que vive objetivamente, que tiene afectos libres e intereses amplios”, escribía Russell. Por ello vivir objetivamente significa desplazar el foco del yo hacia el mundo; ver más allá de uno mismo. Incluso el aburrimiento, tan temido hoy que ni siquiera se deja aflorar, cumple una función enriquecedora. “Una generación que no soporta el aburrimiento será una generación de hombres pequeños”, decía Russell. Sin espacios de silencio no hay curiosidad nueva. Y sin curiosidad, el horizonte se estrecha. Incapaces de tolerarla, llenamos las agendas para no tener tiempo del que surjan intereses nuevos. Adiós creatividad y curiosidad. Hola coto de miras.

Diversificar la felicidad

La metáfora financiera nos puede ayudar a entender mejor la diversificación en términos de felicidad. Diversificar no elimina el riesgo, pero lo distribuye. De igual manera que ocurre en las finanzas, si una inversión cae, otras pueden sostener el conjunto. Con la felicidad sucede lo mismo: si el trabajo atraviesa un mal momento, quizá nos sostenga el amor; si una relación se rompe, tal vez nos salve el entusiasmo por aprender algo nuevo; si el reconocimiento externo falta, puede quedar la satisfacción propia por el conocimiento.

Lo que propone Russell no es una vida frenética ni superficial en la que por intentar abarcar mucho acabemos colapsando. Tampoco es esa la cuestión. Se trata de tener una vida inspirada por el amor (propio y ajeno) y guiada por el conocimiento. Una vida que no quede reducida al tamaño de una sola preocupación, pero tampoco nos lleve al extremo contrario. Se trata de ampliar nuestras posibilidades de bienestar sin mermar nuestra salud. Preocúpate por lo que de verdad te interesa y puede convertir el mundo en un lugar mejor. Apúntate a ese curso que siempre pospones, llama a ese amigo con el que solo hablas cuando todo va mal, visita una exposición, aunque “no entiendas de arte”, sal a caminar sin auriculares y deja que el aburrimiento te sugiera algo nuevo. Diversificar la felicidad no exige grandes gestas, sino pequeños gestos diarios que ensanchen tu mundo; porque cuanto más amplio sea tu mapa de intereses, más probable será que tu bienestar se mantenga en equilibrio pese a todo. – TELVA

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