Leer en papel, escribir a mano y tomar apuntes educa la atención y construye pensamiento
Recuperar el papel en el sistema educativo no es una cruzada romántica, sino una decisión pedagógica
Rafael Pampillón
Se acabó el primer cuatrimestre del curso académico. Corrijo exámenes en papel de alumnos de primero y tercero del Grado de Economía. Escribo desde el cansancio. No desde la nostalgia fácil ni desde el rechazo automático a la tecnología, sino desde la experiencia diaria de ver cómo algo esencial se nos está escapando de las manos.
Las pantallas –las del móvil, las del ordenador, las redes sociales y ahora también las de la inteligencia artificial– han entrado en la educación con una fuerza arrolladora. Y, como casi todo lo que entra sin reflexión, han traído oportunidades, sí, pero también problemas enormes.
No escribo para demonizar la tecnología. Escribo porque ya no puedo mirar hacia otro lado.
Durante años compramos un relato: digitalizar era progresar. Cuantos más dispositivos, mejor aprendizaje. Cuanto antes expongamos a los alumnos a la tecnología, más preparados estarán para el futuro. La idea sonaba moderna, inevitable. ¿Quién quería ser el profesor anticuado que seguía pidiendo cuadernos y bolígrafos? Hoy sabemos que ese relato era, como mínimo, ingenuo.
Los datos acumulados en los últimos años son incómodos, pero claros: el rendimiento académico lleva más de una década cayendo, mucho antes de la pandemia. En Estados Unidos, en Europa, incluso en países que hasta hace poco se ponían como ejemplo. El declive coincide con la generalización del smartphone y del uso constante de aplicaciones. Puede discutirse la causalidad exacta, pero la coincidencia es demasiado persistente como para ignorarla.
Además, investigaciones recientes con miles de estudiantes universitarios muestran algo aún más preocupante: cuanto más tiempo se dedica a aplicaciones móviles, peores son las notas y los resultados laborales tras la graduación. No es solo una cuestión de distracción momentánea. El efecto persiste en el tiempo. El exceso de pantalla deja huella.
Hay, además, un aspecto especialmente inquietante: la distracción no es solo individual, se contagia. Estudiar o convivir con personas constantemente enganchadas al móvil aumenta el propio uso, reduce el tiempo de estudio y empeora los resultados, incluso aunque uno no lo busque.
Esto ayuda a entender lo que vemos cada día en clase: alumnos cansados, dispersos, incapaces de mantener la atención durante más de unos minutos. Adictos a la estimulación constante. No es una crítica moral. Es una descripción.
La atención se ha convertido en un bien escaso. Y sin atención no hay aprendizaje.
Las pantallas no son neutrales. Están diseñadas para interrumpir, fragmentar y reclamar nuestra atención constante
Las pantallas no son neutrales. Están diseñadas para interrumpir, fragmentar y reclamar nuestra atención constante. Cada notificación entrena al cerebro en justo lo contrario de lo que exige el aprendizaje: continuidad, paciencia y esfuerzo sostenido.
Leer en papel, en cambio, exige presencia. El texto no se mueve solo, no parpadea ni promete recompensas inmediatas. Pide tiempo. Y ese tiempo, hoy, parece casi un lujo. Luego nos sorprende que los alumnos no lean, o que lean sin comprender, o que leer les genere ansiedad.
También escriben peor. Porque escribir bien exige pensar bien. Y pensar bien requiere lentitud. La escritura a mano obliga a ordenar ideas, jerarquizar y decidir qué es importante.
Educar no es corregir productos perfectos, sino acompañar procesos mentales
Ahora la inteligencia artificial permite producir textos sin pensar. Veo trabajos impecables que casi no aportan. Textos sin riesgo, sin pensamiento. Porque educar no es corregir productos perfectos, sino acompañar procesos mentales.
La inteligencia artificial no es el enemigo. El problema es introducirla en un sistema educativo que ya estaba debilitado en términos de atención, esfuerzo y exigencia. Pensar que la tecnología va a arreglar lo que no hemos sabido resolver pedagógicamente es una huida hacia adelante.
Aquí hay algo incómodo que conviene decir: hemos confundido medios con fines. Hemos renunciado a exigir porque exigir incomoda. Y sin exigencia no hay aprendizaje profundo, solo cumplimiento superficial.
Recuperar el papel en el sistema educativo no es una cruzada romántica, sino una decisión pedagógica
Recuperar el papel en el sistema educativo no es una cruzada romántica, sino una decisión pedagógica. Leer en papel, escribir a mano, tomar apuntes, subrayar y equivocarse educa la atención, construye pensamiento y forma criterio.
No se trata de expulsar la tecnología del aula ni de fingir que vivimos en otro siglo. Se trata de poner límites. De decidir cuándo la tecnología aporta algo y cuándo simplemente estorba. Antes de buscar en internet, hay que saber leer. Antes de usar una inteligencia artificial, hay que tener algo propio que decir.
Y esto nos lleva a otro tema incómodo: la autoridad del docente. Sin alguien que marque ritmos, ponga límites y sostenga el esfuerzo, no hay aprendizaje posible. Aprender implica dificultad, frustración y espera.
Recuperar el papel, en el sistema educativo, es también recuperar un clima: menos ruido, menos urgencia, menos espectáculo. Más tiempo lento. Más profundidad. Más pensamiento. Más atención. Puede sonar antiguo. Quizá esta sea una de las primeras veces en la historia de la humanidad en la que el avance tecnológico supone retroceso, y no progreso.
Rafael Pampillón es catedrático de Economía de la Universidad CEU-San Pablo y la Universidad Villanueva





